La penúltima historia de amor-morcilla de Ramón podría resumirse en este pequeño relato:
Se pasó todo el tiempo jugando a pelearse -con ella-. No había momento en que no le soltase un dardo venenoso a modo de improperio. No dejaban espacio para la paz. Y lejos de sentirse agredida, ella respondía al juego del despropósito: llamándolo imbécil, tirándole de mesa a mesa un cuscurro de pan, sonriéndole con la lengua fuera cuando solo él la veía. Un festival de la rabieta.
Todo era un juego. Ambos lo sabían. Lo que desconocian era cómo salir de él.
Pasó el tiempo y establecieron la pelea continua como pilar básico de la relación. Relación que, por otra parte, nunca paso del mero enfrentamiento dialéctico.
Es probable que si él se hubiese decidido a darle un beso a traición, las cosas hubiesen cambiado de color. Pero no, nunca supo cómo. Fue incapaz de salirse de las normas del juego.
Otra relación que se queda en el limbo de las relaciones-aborto.
Al final ella se lio una noche con un chico, ayudada por una tremenda borrachera. Chico que se convirtio en su novio y, años más tarde, en su marido. Solo entonces -cuando ella se lio con el mozo- el juego del insulto acabó, y la relación con Ramón se volvio llana y sosa. Ahi es cuando Ramón se maldijo y entendio que sí, que su intuición le decía lo correcto, que alli pasaba algo, que ella sentía cosas. Que el juego no era gratuito. Que podía haber llegado a más. Pero se fue el tren, amigo Ramón. Otro señor más avispado ha jugado mejor sus cartas.
De ésto nunca se aprende. Ya le pasó lo mismo tiempo atrás con Julia: érase una chica -Julia- a la que empezó a dar clases de guitarra y con la que terminó haciendo un grupo de flamenco jazz -el rollito musical dicen que siempre funciona bien-. Y ella terminó liandose en un concierto de aquellos de garitos enanos que apestan a tabaco con un rastafari que venía de Madagascar. Con sus músculos fibrosos de rastafari malgache y ese encanto propio del hombre desconocido, hombre de mundo, que a priori puede aportar ese millón de cosas que ella sueña que un alguien le brinde algún día. Igual que la impresión que daba Ramón la primera vez que le enseñó a digitar el acorde de La.
Y pasó lo mismo con aquella chica con la que jugó una vez en la facultad al mús, que hizo su pareja de mús, que besó aquella noche después de beberse veinte cervezas y con la que, a día de hoy, solo se atreve a llamar para jugar al mús.
Para más información, aconsejamos releer las historias siguientes: Ramón y la chica otaku. Ramón y su aficción al teatro independiente. Ramón el escritor de fancines. Ramón el ilustrado y la quiosquera que le vendía el periódico. Ramón y la cajera del Caprabo.
Tácticas hay muchas y a cual más mala: al final la táctica es mierda, y solo vale simple y llanamente esa cadena de aciertos inconscientes necesarios para que las cosas salgan bien. Que son los que son -los pasos necesarios-. Estan ahi, delante de tus narices. Si los haces, uno tras otro, has ganado.
Decía Ramón con mucho pesar y una copa de Pampero en la mano:
Yo soy de planificar, y asi me luce el pelo. Creo que mi colección de relaciones-pústula se cuentan por puñados. Y sortear este camino es complicado, pues me he descubierto a mi mismo planificando cómo desplanificar mis momentos como don juan.
Muchas cosas me gustaban de Ramón. Cuando lo conocí en el curso de dibujo al natural me dio la impresión de ser un tio muy vivo e interesante. Pero resulta que no es tan original como yo pensaba. Ahora le ha dado por hablarme de sus antiguas relaciones. Me hace sentir desubicada. No sé que decirle. O está amargado o intenta hacerse el interesante conmigo. Son tantas las desdichas que me cuenta que a veces parece que se las invente. Con lo bien que había empezado todo... Va a ser hora de irse a casa. Esta noche no da para más. Que coñazo de tio. Vaya pérdida de tiempo. Y encima me han cerrado el metro...